Libertad de prensa vs derecho a la información

Por: Mariano Saravia

"¿Por qué se han de ocultar a las Provincias sus medidas relativas a solidar su unión, bajo nuevo sistema? ¿Por qué se les ha de tener ignorantes de las noticias prósperas o adversas que manifiesten el sucesivo estado de la Península?… Para el logro de tan justos deseos ha resuelto la Junta que salga a la luz un nuevo periódico semanal, con el título de la Gaceta de Buenos Ayres". Eso decía Mariano Moreno aquel 7 de junio de 1810, a menos de dos semanas del 25 de mayo. Y de hecho, La Gazeta salió como un órgano de prensa al servicio de la revolución, y sin ninguna falsa pretensión de “periodismo independiente” como pretenden algunos de los periodistas de hoy, que fingen objetividad pero militan para la reacción liberal-conservadora. En ese momento, como en la actualidad, la información tenía una importancia política crucial. De hecho, la revolución de mayo y las otras revoluciones en Sudamérica se dan cuando llegan las noticias desde España que ha caído la Junta Central de Sevilla en manos de los franceses el 30 de enero de 1810. El 13 de mayo llegó a Montevideo una fragata inglesa con periódicos que informaban sobre la disolución de la Junta de Sevilla y la formación de un Consejo de Regencia que no poseía ningún poder real. El virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros trató de evitar la distribución de esos periódicos pero uno llego a manos de Belgrano y de su primo Castelli, quienes se encargaron de difundir las noticias. En el cabildo abierto del 22 de mayo, el argumento central de los patriotas era: las colonias americanas no pertenecen a España sino al rey, que está preso de Napoleón, por lo tanto la soberanía vuelve al pueblo y somos libres de formar un gobierno propio. En ese primer número de la Gazeta de Buenos Ayres, Moreno también decía: “No se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos de interés universal… Raros tiempos de felicidad estos, en los que se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa”. Hoy también vivimos un raro tiempo en el que se puede pensar lo que se quiere y se puede decir lo que se piensa. Hoy hay más libertad de prensa y de expresión que nunca. Hay libertad hasta para mentir descaradamente. Lo que pasa es que ya no hay un solo discurso, ya no hay una sola voz, ya se ha puesto en entredicho el monopolio de la información. Entonces, al surgir otras voces, quedan al descubierto las mentiras, las tergiversaciones o, simplemente, los distintos enfoques sobre un mismo tema. Se cae a pedazos la tesis de que el periodismo es un espejo donde se mira la sociedad, que los periodistas y los medios de comunicación sólo reflejan la realidad. Está cada vez más claro que los medios reconstruyen la realidad y cada uno según sus valores, ideología e intereses. Hasta cierto punto es lícito que cada uno responda a distintos intereses, el límite en periodismo debería ser siempre no mentir. Y en este punto empieza a surgir otra contradicción, la que enfrenta a la tan declamada libertad de prensa con el derecho a la información, que es un derecho que tiene el pueblo, un derecho colectivo y por ello más importante que el derecho individual a la libertad de expresión. Un medio de comunicación debe cumplir con un servicio de comunicar, de informar, y ese servicio tiene que estar por encima del negocio. Si los medios privados no lo cumplen porque anteponen sus negocios económicos y políticos, el Estado tiene que suplirlo y es lícito que haya otras voces, algo que pone muy nerviosos a algunos. La batalla cultural es parte fundamental de la disputa política y quien lo entendió cabalmente hace 200 años fue Mariano Moreno. Desde la Gazeta de Buenos Ayres, él le hablaba al pueblo sobre la necesidad de que la igualdad acompañara a la libertad, de reivindicar a indios y negros, de otorgar los derechos civiles a las mujeres, entre otras. Obviamente que la reacción del grupo más conservador dentro de la misma Primera Junta era visceral, y Moreno usaba La Gaceta para contrarrestarla.

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